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Laredo: Donde los japoneses se hallaban

Hace años mantengo con algunos amigos una chacota alrededor de mi supuesta incondicionalidad frente a lo japonés. Ellos fingen responsabilizarme por las fallas de sus aparatos de fabricación japonesa y yo simulo asumir esa responsabilidad. Sin embargo también me compensan: ¡Recibo las más gratuitas felicitaciones por las películas de Kurosawa! Pero al margen de esta anécdota, hay quienes suponen que los niseis efectivamente vivimos una dualidad cultural.


Es indudable que nuestra nacionalidad tiene algunos elementos peculiares en la medida que su formación ha sido influida por la cultura paterna (me refiero a ese conjunto espontáneo de maneras de ver y obrar de que hablaba Gramsci). Pero, muchas veces se olvida que la cultura de nuestros padres no permaneció intacta sino que recibió las influencias del medio y de la clase a la cual se incorporaron. Con los años nuestros padres llegaron a ser, por decirlo de algún modo, mestizos culturales. Yo vi este proceso en la hacienda Laredo. Trato de recordarlo en las notas que siguen.

Laredo era una puerta abierta hacia la Sierra. Allí se daban el encuentro los vendedores que bajaban con ganado y panllevar1 y los comerciantes intermediarios que venían de Trujillo. Después de las transacciones se almorzaba en las fondas de doña Santos Sato, de Nakamura, de Nakamine o en la chichería de Pancho Tamakawa. Ellos personalmente preparaban los platos regionales como si desde siempre hubieran conocido esta sazón.

Todos los japoneses que se habían establecido en Laredo eran propietarios de pequeños negocios o arrendatarios de la hacienda, como Otake o los Masko. Sin embargo, este país había empezado para ellos en las tareas de los campos azucareros, donde compartieron las mismas condiciones de explotación que los peones lugareños. Allí empezó su proceso de asimilación cultural. Quizás el primer acercamiento fue aprender el uso de la coca para resistir la tarea diaria (¡12 surcos de caña, de 100mts. cada uno, tumbados al machete!). No había en Laredo un solo japonés que entonces no haya aprendido a coquear2. Llegaron, incluso, a penetrar en los aspectos mágicos de la coca. Recuerdo a Don Otake coqueando ensimismado junto a mi padre enfermo. Una noche nos anunció que esa era la noche definitiva. No mucho rato después, efectivamente, mi padre murió. Más tarde le preguntamos cómo lo había sabido. “La coca”, nos dijo.

Cuando ellos llegaron a trabajar a los valles azucareros, no había entre los peones un nivel de organización capaz de articularlos en la lucha colectiva. Los levantamientos se hacían en pequeños grupos aislados. Los japoneses, pues, estaban solos. Cuando alrededor de 1905 ajusticiaron en Chiclín a dos abusivos capataces compatriotas suyos, el hecho fue presentado simplemente como un pleito entre ellos.

En ese contexto, los inmigrantes vieron en el ahorro su recurso para desvincularse de la hacienda que los explotaba con exceso. El famoso espíritu ahorrativo de los japoneses no es, entonces, una tendencia racial. Para aumentar su capacidad de ahorro, tanto el hombre como la mujer recibieron tareas por separado, lo cual no era usual en los matrimonios locales. El cumplimiento de la tarea les daba derecho a una ración de carne y arroz, otros víveres debían ser comprados con el salario. Ellos limitaron esas compras, las sustituyeron con alimentos que fueron descubriendo en los alrededores. Los brotes más tiernos de la caña brava que crecía en la ribera de los ríos, las hojas nuevas del camote y la yuca pasaron a ser parte de su dieta. También fue incluido el cañán, un pequeño lagarto de los arenales cuyo uso alimenticio se había olvidado. Esto acaso creó la leyenda que atribuía a los japoneses el servirse los animales más inverosímiles. Así ahorraron. Así fueron llegando al pueblo para invertir en fondas, peluquerías, pulperías. Otros, que desde Japón ya traían un pasado agrario, se dedicaron a cultivar frutales y verduras en fundos3 arrendados.

Y entonces vivieron los tratos de todos los días. La relación con las mujeres que fiaban en la tienda, con el obrero pensionista de la fonda, con el niño que lloraba en la peluquería. Habían quedado atrás los primeros galpones que ocuparon recién arribados, donde las mujeres hacían los alfeñiques, que eran miniaturas de azúcar coloreada en forma de canastas, de pajaritos, de frutas. La gente recordaba que los niños, temerosos de esos rostros nada familiares, nombraban al más audaz para que vaya a comprarlos. Ahora el pueblo decía: “Aquí los japoneses se hallan”. Y este “hallarse” tenía un peso casi ontológico. En este marco, es significativo que en Laredo los negocios de los japoneses no hayan sido saqueados durante los años de la Segunda Guerra Mundial, lo que sí sucedió en lugares como Lima y Trujillo.

¿Cuánto quedaba en ellos de japonés? (Aunque este concepto sea bastante genérico, siendo que la gran mayoría de inmigrantes vino de la isla Okinawa que tenía una cultura regional propia). ¿Cuánto quedaba de Tamakawa que en su chichería tocaba la guitarra y cantaba el malicioso “cómete las papas y déjame el cuy”? ¿En los que se unieron con mestizas? ¿En la gran mayoría que se convirtió y practicó los rituales del catolicismo? En todo caso no se trata de insinuar que una buena parte de su cultura se había refundido hasta perderse, sino de constatar el hecho de que en la vida diaria lo japonés no tenía la vigencia necesaria como para llevar a los hijos a un problema de identidad realmente profundo. Nuestra nacionalidad básica no ha sido determinada por ellos. Más allá de la raza, los niseis estamos incluidos en las contradicciones de una nacionalidad peruana que aun está en formación. Esto es evidente, pero a veces hay confusiones: el año pasado en el Callao, donde se concentra un buen número de niseis, algunos de ellos intentaron organizarse para postular a las elecciones generales. Sus dirigentes declararon que no tenían motivaciones racistas, pero este descargo deja sugerido un cargo que, contradictoriamente, demuestra su gran criollismo: quisieron aprovechar, muy oportunamente, la “afinidad del ojo”4, desconociendo que la afinidad ideológica y política está por encima de cualquier cosa.

Notas de editora
1. Productos agrícolas para el consumo alimenticio humano.

2. Masticar (chacchar en quechua) hojas de coca.

3. Pequeñas propiedades de tierra agrícola.

4. En el Perú “del ojo” – en el lenguaje popular – se refiere a la gente de origen asiático, por los ojos rasgados, distintos.

Nota final: Las fotografías de José Watanabe han sido tomadas del Album “José Watanabe, poeta nikkei peruano” de Maya Watanabe: http://www.discovernikkei.org/nikkeialbum/es/node/5647

* El poeta José Watanabe (Laredo, Trujillo 1946 – Lima 2007) escribió y publicó este artículo en la Revista Puente – de la cual fue colaborador – en Diciembre de 1980 (Año 1, N°1; pp.52-53). Esta vez se publica con la autorización de su viuda, Micaela Chirif, y de sus hijas Maya, Issa y Tilsa.

 

** Este artículo se publica bajo el Convenio Fundación San Marcos para el Desarrollo de la Ciencia y la Cultura de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos - Japanese American National Museum, Proyecto Discover Nikkei.

© 2008 José Watanabe