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Una crónica del juicio a Fujimori

La Coordinadora de los Derechos Humanos (DDHH) me invitó a presenciar la sesión del viernes 4 de enero de 2008 del juicio al ex presidente del Perú, Alberto Fujimori. En ómnibus nos dirigimos al local de la Dirección de Operaciones Especiales de la Policía (DIROES), el fundo Bravo Chico, en donde se desarrolla este histórico juicio. Luego de pasar por los controles de seguridad, ingresamos a la pequeña sala destinada al público, la que está dividida en dos bloques de asientos. A un lado, el ala ocupada por los fujimoristas, y al otro, la ubicación de los familiares de las víctimas, las organizaciones de DDHH y los observadores. Nos separaba de la sala del juicio un vidrio, a través del cual podíamos ver con comodidad a los protagonistas del proceso penal. Ya estaban en sus puestos el fiscal y los abogados, tanto de la parte civil como la defensa de Fujimori, el abogado César Nakazaki y sus colaboradores. De pronto entró Fujimori y cruzó frente a mí. El grupo de fujimoristas se puso de pie y lo saludó con una venia, a la usanza japonesa, aunque la delegación de sus partidarios no estaba integrada exclusivamente por nikkei. Fuera de tres de sus hijos, realmente no había ningún otro nikkei y racialmente era un grupo bastante diverso.


Mis observaciones se cortaron abruptamente porque ingresó el Tribunal y alguien pidió que nos pusiéramos de pie. El juez César San Martín, quien preside el juicio, lucía sereno y en completo control ordenó ejecutar la parte protocolar, que fue cumplida en forma muy rápida. A continuación ingresó la primera testigo del proceso. En ese día, precisamente, se iniciaba la presentación de los testigos, comenzando con los invitados por la fiscalía. Se trataba de la señora Natividad Condorcahuana, sobreviviente de la matanza de Barrios Altos.

Luego del juramento de ley, el fiscal inició el interrogatorio y la testigo relató que el 3 de noviembre de 1991, mientras ella vivía en el distrito de Villa El Salvador y trabajaba como vendedora ambulante de yerbas medicinales, fue invitada por su cuñado a una “pollada”1 organizada por los habitantes del conventillo del jirón Huanta en el distrito de los Barrios Altos. Con esa actividad, ellos esperaban recolectar fondos para reparar el desagüe del lugar y para eso vendieron las tarjetas respectivas, una de las cuales portaba la señora Condorcahuana cuando llegó al local a las 8:30 p.m. Encontró unas 20 personas y, como no conocía casi a nadie, se dirigió a la vivienda de su cuñado; allí estuvo hasta las 11:30 p.m. A esa hora fue a buscar a su marido, quien se había quedado tomando licor con los demás invitados en el patio de la antigua casona.

Nadie bailaba y solamente habían estado tomando licor y conversando, se topó primero con su cuñado, quien la invitó a brindar con un vaso de cerveza. De pronto, vio caer a su marido al suelo y pensó que se estaba peleando con algún invitado. Se acercó y lo ayudó a sentarse en una silla. Pero, tenía la cabeza rota y estaba sangrando. En ese mismo momento se percató de que había ingresado un grupo de gente extraña al patio. Con palabras soeces les ordenaron que todos se tiraran al suelo. El Señor Ríos, quien era el líder del callejón, salió al encuentro de tal grupo y le dijo a uno de ellos: “¿qué pasa jefe?”2, pero, una ráfaga de municiones lo ultimó. Eran unas diez personas, dos de ellas con el rostro cubierto, algunos vestían abrigos largos y otros, ropa militar. La señora Condorcahuana se acuclilló junto a la pared. Al caer el Sr. Ríos, su hijo corrió hacia él, gritando “¡a mi papá no!”, pero una balacera terminó con el niño. Luego se oyeron los gritos desesperados de la mujer y la voz uno de los agresores, quien dijo, “apártese señora, con usted no es”. Otra mujer le dijo “vayámonos comadre”, pero ella cayó herida. Esa noche murieron 15 personas y 4 sobrevivieron, entre los cuales se hallaban los esposos León Condorcahuana.

La señora Condorcahuana recibió una bala en la sien y varios impactos le destrozaron el muslo derecho. En total, 11 balazos la hirieron y dos balas aún permanecen en su cuerpo. Fue trasladada al hospital 2 de Mayo y, como su esposo también estaba herido, sus 5 menores hijos quedaron solos. Ellos siguieron vendiendo yerbas, sin recibir ningún apoyo del Estado. La señora fue interrogada por la policía y se estableció que ni ella ni su marido eran terroristas. La investigación judicial posterior a los hechos encontró 111 casquillos de balas en el patio y determinó que provenían de pistolas sub -ametralladoras con silenciador. La señora Condorcahuana no ha podido volver a trabajar y su vida cambió radicalmente. Sufre de una lesión permanente en la rodilla y camina con dificultad.

Luego del interrogatorio de la parte civil, fue el turno del abogado Nakazaki, quien empezó expresando su solidaridad con los sufrimientos de la señora y se interesó en dejar en claro que lo ocurrido fue una balacera infernal y no una secuencia de asesinatos de la familia Ríos. A continuación, el juez preguntó y pidió que la testigo precisara que nunca había sido amenazada, ni durante su hospitalización ni después. Una segunda pregunta del juez llevó a la señora a contar que ella y su esposo habían recibido una indemnización de 165 mil dólares, gracias a una sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos de San José y que hoy en día son propietarios de cabinas de Internet.

A continuación fue el turno del Sr. Felipe León, esposo de la señora Condorcahuana, quien repitió el relato hecho por su esposa. Agregó que recibió 6 impactos de balas y aún así, al terminar todo, se arrastró malherido por el callejón para buscar ayuda. Encontró a un transeúnte y fue llevado al cercano Hospital Materno Infantil de Lima. Estuvo en tres hospitales en sólo 15 días porque sus hijos no atinaban qué hacer y porque su esposa estaba mucho peor que él. Aunque el Sr. León hasta hoy tiene una bala en el cuerpo, trabajó un tiempo, sacó unos ahorros que tenía en un banco y terminó de pagar los elevados gastos médicos de su esposa. Sin embargo, agradeció efusivamente a la policía, en forma específica a la Dirección Nacional Contra el Terrorismo (DINCOTE) que realizó una investigación sobre sus posibles conexiones con Sendero Luminoso y que lo dejó “limpio” prontamente. No le sembraron pruebas ni lo involucraron falsamente. A él, esta conducta de la policía le parece extraordinaria y reitera su agradecimiento. Revela, además, que los policías lo ayudaron a salir del hospital sin pagar su cuenta de hospitalización.

Siete años después, la jueza Dra. Saquicuray abrió el caso Barrios Altos por la vía penal. Un sacerdote que se identificó como el Padre Carlos visitó entonces al Sr. León, ofreciéndole ayuda a nombre del presidente Fujimori. Conversaron y, ante la oferta del cura, preguntó cómo podía concretarse la ayuda. El Padre le proporcionó una dirección y fue hasta el Colegio La Recoleta, en donde encontró al padre Lanssiers, quien se ofuscó cuando León pidió una fuerte ayuda económica y le respondió soezmente. León se enojó y se retiró. Durante diez años siguió buscando ayuda, pero las puertas de Palacio de Gobierno y del Palacio de Justicia estuvieron cerradas.

Luego, Nakazaki interroga para pedir precisiones sobre la ausencia de amenazas oficiales y sobre la buena calidad del trabajo policial. A continuación, el mismo Nakazaki indica que en 4 juicios a los que el señor León ha acudido, era la primera vez que mencionaba el asunto del padre Lanssiers. El juez se interesa y pregunta al testigo, ¿por qué ha callado este punto tantos años, que si sus abogados sabían y qué le aconsejaron? El Sr. León responde que hace 5 años fue amenazado por un desconocido en la calle, que se asustó y no dio su testimonio a la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR). Decidió callar y no rebuscar tanto en su tragedia personal. En ese momento, el juez le preguntó a Fujimori si conoce al aludido Padre Carlos y si envió a Lanssiers a conversar con León. Fujimori tartamudea y responde que no conocía al Padre Carlos y que nunca le pidió a Lanssiers que hiciera una gestión a su nombre ante las víctimas de Barrios Altos.

Llegó el momento del corte, eran las 11:30 a.m. y estuvimos en el patio durante 15 minutos. La sesión se reinició para continuar hasta las 2:00 p.m. El plato fuerte del día era la presentación de Gustavo Gorriti, periodista secuestrado el día del autogolpe del 5 de abril de 1992. Nuevamente, el fiscal inicia el interrogatorio y Gorriti relata que llevaba tiempo investigando y publicando acerca del papel de Vladimiro Montesinos en el gobierno de Fujimori, que sabía que había sido un capitán condenado por traición a la patria y que luego de purgar prisión militar se graduó como abogado, trabajando a continuación como defensor de narcotraficantes. Le parecía una pésima influencia en el gobierno. Contó que le preguntó varias veces a Fujimori por Montesinos, en cuanta conferencia de prensa se realizaba. Fujimori siempre lo negó, sosteniendo que se trataba sólo de un funcionario de menor jerarquía y sin poder ni influencia en el gobierno. Conociendo la naturaleza vengativa de Montesinos, Gorriti – por su lado - había tomado sus precauciones, formuló un plan, adoptó medidas de seguridad en su casa e ideó con su mujer un sistema de alertas y contactos.

El domingo 5 de abril de 1992 salió con su esposa a pasear a sus perros y observó una vigilancia policial discreta, pero estacionada muy cerca de su casa. Regresó a su vivienda y recibió una llamada telefónica al mismo tiempo que observaba el discurso del autogolpe “disolver, disolver”3 por televisión. Miró por la ventana y comprobó que la vigilancia había desparecido. A las 11 p.m. salió a visitar a Enrique Zileri, director de la revista Caretas, intercambiaron información y quedaron en avisar a sus casas ante la posible detención de ambos. A las 3 a.m. del 6 de abril, mientras escribía en su computadora un despacho para la prensa internacional, tocaron la puerta de su casa. Era un grupo numeroso que se identificó como de Seguridad del Estado. Mientras abría la puerta, ya habían ingresado tres individuos trepando el muro del frente y en ese momento se estaban descolgando hacia el jardín de la casa. Ingresaron unas 12 personas vestidas de civil, aunque portando armamento de guerra. Cuando lo conminaron a acompañarlos, hubo resistencia y forcejeo, hasta que uno impuso su autoridad. Gorriti negoció y logró que salieran todos a cambio de entregarse. Sin embargo, se llevaron su computadora. Se despidió de su esposa e hijas y fue llevado a una camioneta del Servicio de Inteligencia Nacional.

Gorriti fue trasladado al Cuartel General del Ejército, conocido como el “Pentagonito”. El custodio que lo acompañaba lo entregó a un oficial que lo recluiría luego en un semisótano del edificio, en donde había barrotes, dos habitaciones y un baño, todo muy sucio. Su detención fue clandestina y él se declaró en huelga de hambre. Día y medio después sería entregado a la policía y liberado. En el ínterin, en ejecución de sus planes, tanto su esposa como Zileri habían movido infinidad de contactos y relaciones y se había producido una intensa presión internacional de parte de embajadas y asociaciones de periodistas. Luego de compartir prisión con otros periodistas presos, Gorriti encontró a los abogados de DDHH y recuperó su libertad; le devolvieron su computadora al poco tiempo.

Días después, Fujimori convocó a una conferencia de prensa con los medios internacionales, se relacionaba con el autogolpe del 5 de abril. Gorriti acudió a la cita que se desarrolló en Palacio de Gobierno, lo dejaron entrar y preguntó a Fujimori sobre su detención. En su respuesta, Fujimori negó que Montesinos hubiera intervenido en el caso de Gorriti y mencionó la situación de los hermanos del periodista Yovera, quienes también se hallaban secuestrados.

De acuerdo a Gorriti, la respuesta de Fujimori revela que tenía conocimiento de su secuestro y también de los hermanos Yovera. Para Gorriti este dato es crucial porque prueba la conexión del ex presidente en el secuestro de ciudadanos. Cuenta que hace unos años, trabajando sobre el caso “Colina”, conversó con el General Nicolás Hermoza - entonces Comandante General del Ejército y actualmente preso en el penal de San Jorge - preguntándole porqué había firmado la orden de secuestrarlo. Su respuesta fue: “¿qué quería que haga? alguien tenía que hacerlo, los demás se negaron a firmar, yo tenía que actuar”. Hermoza añadió, según recuerda Gorriti, que se hallaba arrepentido por ello. En ese momento, Gorriti le preguntó a Nakazaki si Hermoza le informó de esa conversación. Ello porque Nakazaki también es abogado de Hermoza y paradójicamente tanto Fujimori como el general se acusan mutuamente de ser culpables de los “excesos”.

A su turno, Nakazaki sostuvo, en primer lugar, que no fue un secuestro sino una detención ilegal y, a continuación, que su defendido no sabía nada. Precisó que Gorriti fue autorizado para ingresar a Palacio y luego preguntar con toda naturalidad durante la rueda de prensa, lo cual significaba que no había sido proscrito por Fujimori. Todo lo contrario, según Nakazaki, Fujimori se enteró de la ilegal detención de Gorriti en ese mismo momento. Con este asunto y siendo las 2 p.m. finalizó la sesión.

Me queda claro que la estrategia de Nakazaki no alega la completa inocencia de Fujimori, sino discute la interpretación de los hechos. No fueron asesinatos selectivos sino balaceras indiscriminadas. Tampoco fueron secuestros sino detenciones ilegales. Su defendido había diseñado la estrategia general, pero los detalles estaban a cargo de subordinados. Para Nakazaki se trataría de rebajar la lectura de los hechos para disminuir la pena. Es una reiteración de la actitud durante el primer juicio, en que se dictó sentencia rápidamente porque Fujimori se allanó. Esto es, el juicio por el falso fiscal que invadió la casa de Trinidad Becerra (esposa de Montesinos), cuando Fujimori buscaba los videos grabados y guardados por Montesinos. En ese primer juicio, Fujimori reconoció un grado de culpabilidad y fue sentenciado a seis años de condena. Del mismo modo, en estos juicios que son por causas más complejas como son los DDHH y que pueden llevarlo a prisión hasta por 30 años, su abogado parece aconsejarlo que reconozca poco y que no niegue todo. Nakazaki prefiere que Fujimori aparezca poderoso y en control de su gobierno, argumentando que lamentablemente hubo algunos excesos debido al celo de ciertos malos subordinados.

Finalmente, mi apreciación es que el juicio a Fujimori se lleva a cabo correctamente. Considero que el Tribunal ofrece garantía de imparcialidad y transparencia. Cabe recordar que el proceso es transmitido en directo por el canal 8 de TV, aunque lamentablemente sólo por cable. Pero, la ciudadanía se va formando una opinión propia. Estamos ante un hecho trascendente y nadie lo ignora, como tampoco que existe un fuerte componente político. Llueven pasiones y las personas mayores discuten el tema con cierta acrimonia. Pero, los jóvenes están contentos que esté sucediendo, que los gobernantes sepan que deben ser limpios o corren riesgo de ser encarcelados. Además, como pocas veces en el Perú, es evidente para todos que Fujimori está teniendo un juicio impecable, que si no es culpable, su brillante abogado logrará que salga de prisión. Pero, que si es encontrado responsable de actividades criminales, pues prolongará su estancia tras las rejas. El país entero y todos y cada uno de nosotros estamos confrontados con el juicio más trascendente de la historia moderna del Perú.

Notas de editora:
1. Fiesta popular organizada en torno a la preparación de pollos trozados, marinados con ají, ajos , entre otros condimentos, y cocidos en olla o parrilla. La cerveza y música alegre para bailar son otras características de estas fiestas organizadas para la recaudación de dinero para algún objetivo, generalmente de pequeñas organizaciones de vecinos.

2. “Jefe” es una expresión popular utilizada para dirigirse a una autoridad uniformada, generalmente de la policía

3. Palabras del mensaje de Fujimori en todos los medios, con las que comunicó su decisión de cerrar el Congreso de la República en 1992. Tal expresión se volvió popular y aparece frecuentemente en las caricaturas de Fujimori en tono de humor.

* Este artículo se publica bajo el Convenio Fundación San Marcos para el Desarrollo de la Ciencia y la Cultura de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos – Japanese American National Museum, Proyecto Discover Nikkei.

© 2008 Antonito Zapata Velasco

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