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Coreanos y japoneses en el Perú: Religión, inmigración y comunidad

Al iniciar mi investigación sobre la reciente inmigración coreana al Perú, entrevistando a las primeras familias coreanas en el barrio textil limeño de Gamarrra y observando su tesón por el trabajo y cómo se las arreglaban para atender a sus clientes con un uso mínimo del idioma español, me preguntaba, ¿así habrían sido los primeros años de asentamiento de los inmigrantes japoneses en las ciudades? Desde entonces, no puedo dejar de comparar ambas inmigraciones. En las líneas que siguen intentaré realizar algunos paralelos, con un mayor énfasis en el caso de los coreanos, acerca del cual se conoce aun muy poco.

Primeras impresiones sobre la comunidad coreana

Al indagar sobre algún lugar especial de reunión de los coreanos, la respuesta mayoritaria fue “en la misa del domingo”. Así, un domingo, cuando asistí a misa en la Iglesia Evangélica Coreana en Lima, constaté que ésta se realizaba con una gran afluencia de hombres, mujeres y niños coreanos, pues asiste la familia completa, todos en ropas festivas. Estaban presentes comerciantes textiles, maestros de Taekwondo, dirigentes de la comunidad y hasta el embajador de la República de Corea en el Perú. La ceremonia se realizó totalmente en idioma coreano y con la participación de un gran coro y una banda de música. La misa fue celebrada por el reverendo Maeng Choon Park, quien es la persona más respetada por la comunidad coreana del Perú.

Acabada la ceremonia religiosa, compartimos un típico almuerzo coreano en el que no podía faltar su famoso “Kimchi”. Todo estaba muy bien organizado, con varios grupos que se repartían las tareas. Ese momento de confraternidad era aprovechado para conversar sobre los temas de mayor interés para estos inmigrantes, como procedimientos administrativos para tramitar ciertos documentos, dispositivos legales peruanos, nuevas oportunidades de negocios en la ciudad, en el resto del país u otros países, los mejores centros educativos para sus hijos, noticias de nuevos inmigrantes, noticias de Corea, etc. Esto se repite todos los domingos y algo parecido sucede en la Parroquia San Andrés Kim de los coreanos católicos en Lima, aunque con mayor sencillez y menor afluencia de gente.

Me pregunto: ¿cuál es el papel que cumple la religión entre los miembros de la comunidad coreana y cuál fue entre los inmigrantes japoneses?.

La religión en Corea y entre los inmigrantes coreanos

A pesar de que las estadísticas dicen que sólo un poco más de la mitad de lo coreanos sigue una religión específica, llama la atención la coexistencia de múltiples religiones y de sus manifestaciones en la Corea actual.

Son famosos y numerosos los templos budistas, como el bello Templo Bulguksa, patrimonio de la humanidad. También es impresionante la gran cantidad de iglesias cristianas en sus ciudades y encontrar aún mezquitas islámicas en Seúl. Se dice que la influencia del confucianismo está presente en la moral y las leyes de los coreanos y que muchos de ellos, aun no siendo budistas, tienen una visión budista sobre la vida. Por otro lado, también es notoria la vigencia de prácticas mágicas y del chamanismo con raíces en antiguas creencias populares.

Pero, el constatar que a lo largo de su historia se encuentran muchos pasajes de opresión y de restricciones sufridas por los seguidores de las diferentes religiones, nos llevaría a pensar que no siempre hubo tal coexistencia tolerante y pacífica de las múltiples manifestaciones religiosas como en la Corea actual. No obstante, la religión nunca ha dado lugar a la división del pueblo coreano, las persecuciones religiosas se han producido por preferencias y conveniencias del poder de turno. El pueblo coreano tiene una gran homogeneidad étnica y lingüística, lo que le ha permitido construir una identidad nacional sólida y superar cualquier diferencia religiosa.

Corea es la sociedad cristiana más activa del este de Asia. Las iglesias tienen misas y reuniones de oración todos los días y en diferentes horarios. Incluso existen iglesias protestantes, como la Iglesia del Evangelio de Yeoido, que tienen transmisiones on-line de los sermones dominicales. La iglesia católica coreana enarbola como uno de sus máximos estandartes que Corea es el cuarto país en el mundo en número total de santos.

Alrededor del 25 por ciento de la población coreana es cristiana, pero al parecer esta cifra se incrementa entre las poblaciones de inmigrantes, especialmente a favor de las iglesias protestantes. Según Mirta Bialogorski1, “En Argentina la mayor parte de los integrantes de la colectividad coreana se volcó a alguna de las orientaciones de la religión evangélica y en número menor, al catolicismo y al budismo”. Sônia Maria de Freitas2, al escribir sobre los coreanos en la ciudad de Sao Paulo, menciona que en esa ciudad existen 49 iglesias protestantes, una católica y un templo budista, siendo la Presbiteriana Unida Coreana la que concentra mayor número de coreanos.

Según el reverendo Maeng Choon Park, alrededor de la mitad de la población de coreanos en el Perú es cristiana, siendo esa cifra aún mayor entre las poblaciones de inmigrantes en Europa y en los Estados Unidos. Atribuye esta fuerte religiosidad a los problemas que acarrean para los inmigrantes el desarraigo, el choque cultural y el idioma diferente. La consecuente ansiedad y desesperación acrecienta la necesidad de acercamiento a la religión. Como dice el reverendo “en muchas ocasiones la vida del inmigrante es muy solitaria y triste, una vida dura y sacrificada”. Y es que, efectivamente, el sacrificio de una generación se encamina a buscar el bienestar y progreso de la siguiente.

Lo cierto es que el número de las iglesias protestantes en Corea ha crecido, entre otros motivos, por ser conocidas como propulsoras de la cultura occidental asociada a la modernidad. Son notorios sus esfuerzos en modernizar la educación y los servicios médicos, su función como puente de intercambio entre Corea y los países occidentales, y su labor en ayudas sociales. Al parecer, estos mismos motivos explicarían la gran aceptación de tales iglesias entre los coreanos fuera de Corea.

La religión entre los nikkei3

En 1903, con el segundo grupo de inmigrantes, llegaron al Perú tres monjes con la misión de educar a los mismos en las doctrinas budistas. Eran Taian Ueno de la escuela Sotoshu, Kakunen Matsumoto y Senryu Kinoshita de la escuela Jodoshu. Los dos últimos regresaron al Japón a los pocos años, reconociendo que, a pesar de sus esfuerzos, nunca pudieron llamar la atención de los inmigrantes en el Perú, indicando que sólo les interesaba el trabajo.

En 1907, el reverendo Ueno, con ayuda económica de los inmigrantes, logró construir un templo budista en la hacienda Santa Bárbara, Cañete. Conocido como Jionji, fue el primer templo japonés en Sudamérica. Al año siguiente construyó, al costado del templo, el primer colegio japonés. Ueno tuvo cuatro sucesores en su misión, el último de los cuales regresó a Japón en 1941, antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, a lo largo de todo ese tiempo, el mayor interés de los inmigrantes fue por los funerales y las ceremonias para los difuntos, siendo mínimo el interés por aprender las doctrinas budistas.

Según Hirohito Ota4, los sufrimientos y alta tasa de mortalidad por las difíciles condiciones de trabajo entre los primeros inmigrantes condicionaron la misión de los misioneros budistas. Sostiene que en el imaginario de los inmigrantes estaba la idea de que la necesidad del Templo Jionji y de los misioneros era por la existencia de esos “primeros inmigrantes desdichados” y que su misión era celebrar ceremonias religiosas para los difuntos.

Lo cierto es que la mayoría de los inmigrantes nunca tuvo mayor interés en escuchar las enseñanzas de los misioneros e, incluso, la religión católica empezaba a ganar adeptos. Así, por ejemplo, se dice que Sor Francisca Gros (de la Congregación francesa San Vicente de Paul) bautizó a 1114 japoneses entre los años de 1901 a 1936, habiendo ganado su confianza por su trabajo cuidando a los enfermos en el Hospital Dos de Mayo.

Tal vez, dos de los mayores cambios experimentados, con el asentamiento definitivo de los inmigrantes japoneses y sus descendientes en el Perú, fueron la pérdida de la lengua materna por el uso del español y la adopción masiva de la religión católica, la misma que es considerada la religión oficial del país. En el censo nikkei del año 1989, del total de la población de origen japonés en el Perú, el 92.41% se declaró católico.5

Tales cambios fueron determinados sobre todo por el enfoque dado a sus vidas luego de la Segunda Guerra Mundial, para facilitar un mejor futuro para sus hijos, comenzando un lento proceso de adaptación que en muchos casos terminaría en una incorporación total a la sociedad peruana.

Sin embargo, como sostiene Morimoto, “en aproximadamente un tercio de los hogares continuaba vigente la práctica de usos y rituales funerarios de raíz budista-shintoista; la combinación de ambas religiones era índice de un sincretismo y, al mismo tiempo, de una persistencia parcial de prácticas japonesas en el aspecto religioso”.6

La inmigración y la comunidad coreana

La inmigración coreana al Perú es reciente y pequeña en cantidad de individuos, aunque es la tercera en número entre las procedentes del sudeste asiático, después de la de chinos y japoneses. A diferencia de estas dos últimas, se orienta directamente a ámbitos urbanos y se da por llegadas sucesivas de pequeños números de familias nucleares. En ningún momento se ha registrado contingentes masivos y organizados.

La llegada de los coreanos al Perú no es producto directo de una política migratoria oficial. Es una inmigración voluntaria y libre, resultado de decisiones familiares en un afán por mejorar sus condiciones de vida y el futuro de los hijos. Tal inmigración al Perú, asimismo, fue facilitada por el masivo acceso a la información con que se cuenta actualmente, en un mundo globalizado en que también es más fácil y rápido movilizarse de un lugar a otro.

Una característica relevante de esta población es que tiene un alto grado de movilidad, con individuos y familias moviéndose de un lugar a otro, dentro de la ciudad, del país y hacia otros países. Así, mientras unos están saliendo, otros están llegando al Perú. Es una población flotante difícil de cuantificar, el número de individuos ha fluctuado entre los 2000 y 800, dependiendo del momento económico y político del país.

La mayoría de estos inmigrantes proviene de la clase media coreana y en el Perú es destacada su presencia en la importación, confección y venta en el ramo textil, así como en la de repuestos para automóviles como importadores y mayoristas. Son numerosas sus academias de Taekwondo y cuentan también con negocios étnicos, como restaurantes y tiendas de productos coreanos.

Además, mantienen un colegio al cual sus hijos asisten los fines de semana para tomar clases de cultura coreana y para la práctica de la lengua nativa. Para cooperar con sectores necesitados de la sociedad receptora, han formado una ONG con el nombre de Grupo Humanitario Amistad Perú-Corea, la misma que ha construido un policlínico en la comunidad campesina de Jicamarca en Lima.

Si bien estamos hablando de un proceso que recién se inició en la década de 1990, con una gran parte de la población flotante y un reducido número de personas involucradas, se puede decir que los coreanos en el Perú han logrado un notorio éxito económico y han llegado a formar una pequeña pero pujante comunidad que tiene como única entidad rectora a la Asociación Coreana en el Perú.

Nikkei y coreanos en el Perú: Inmigración y expectativas

La historia de los inmigrantes japoneses y sus descendientes en el Perú tiene más de cien años. Durante los años de la inmigración, la expectativa generalizada era trabajar en las haciendas de algodón ó de caña de azúcar hasta lograr un ahorro y regresar al Japón. Sin embargo, la permanencia se extendió y pasaron a las ciudades en donde la mayoría – antiguos y nuevos inmigrantes - se fue estableciendo a través de pequeños negocios y algunos de envergaduras mayores hasta el estallido de la Segunda Guerra Mundial.

Finalizada la guerra, y con la derrota del Japón, entre los japoneses que aún permanecían en el Perú ocurrió un cambio de expectativas. Optaron, ahora mayoritariamente, por radicar en el Perú. La comunidad comenzó un lento trabajo de reconstrucción después de haber sufrido persecuciones, deportaciones y confiscaciones durante los años de guerra. Se puede decir que los inmigrantes habían perdido ya el sueño del regreso triunfal.

Para la mayoría de los integrantes de la comunidad coreana en el Perú, su expectativa está determinada por el que fue el motivo principal de emigración de su país de origen. Estos inmigrantes están buscando elevar su situación socio económica, casi huyendo de una sociedad altamente competitiva y cara como la coreana, en donde el capital con el que cuentan es insuficiente para lograr las metas que se han proyectado. Pero, al mismo tiempo, extrañan a su país y sufren enormemente. Casi están en la búsqueda de una utopía: una Corea más fácil que los acoja.

Las iglesias cristianas, especialmente las protestantes, les brindan a los coreanos en el Perú, por un breve momento, la ilusión de estar en esa Corea utópica, facilitándoles la unión y la ayuda mutua, así como una mayor práctica y preservación de sus costumbres, además de un importante empuje en la lucha por conseguir sus expectativas de lograr un progreso, bienestar y libertad relacionadas, en su imaginario, con la cultura occidental.

En conclusión, puede decirse que ambas inmigraciones – aún con la distancia temporal entre ambas - tuvieron motivaciones similares, al igual que la mayoría de inmigraciones contemporáneas en el mundo: mejorar sus condiciones de vida, progresar. El rol de la religión, sin embargo, parece haber sido menos central en el caso de los japoneses y fundamental en el caso de los coreanos, tanto porque la iglesia se constituye en lugar de encuentro comunitario para remarcar su raíz como porque, al mismo tiempo, dentro de su imaginario, señala un norte para su futuro.

Notas:

1. Bialogorski, Mirta. 2004.”Logros de una inmigración reciente”(Coreanos en Argentina). En: Cuando Oriente llegó a América: contribuciones de inmigrantes chinos, japoneses y coreanos. Washington, DC: Banco Interamericano de Desarrollo.

2. Freitas, Sônia Maria de. 2004.”Corea en el barrio de Bom Retiro”. En: Cuando Oriente llegó a América: contribuciones de inmigrantes chinos, japoneses y coreanos. Washington, DC: Banco Interamericano de Desarrollo.

3. Sobre este tema, Amelia Morimoto ha desarrollado un amplio análisis. Por ello, me limitaré a realizar sólo un breve recuento al respecto. Ver: Morimoto, Amelia. “La religión entre los Nikkei del Perú”. En: Perú Shimpo, N° 17338, 14 de Mayo del 2007; p. 3. También en: http://www.discovernikkei.org/forum/en/node/1647

4. Ota, Hirohito. 2003.”Primeros misioneros budistas en el Perú”. En: Zen: Amigos espirituales, N° 3. Tokio: Sede administrativa, Escuela Sotoshu.

5. Morimoto, Amelia. 1991. Población de origen japonés en el Perú: Perfil actual. Lima: Comisión Conmemorativa del 90° Aniversario de la Inmigración Japonesa al Perú. De la misma autora, también en: 1999. Los japoneses y sus descendientes en el Perú. Lima: Fondo Editorial del Congreso de la República.

6. Ibidem.

* Este artículo se publica bajo el Convenio Fundación San Marcos para el Desarrollo de la Ciencia y la Cultura de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos – Japanese American National Museum, Proyecto Discover Nikkei.

© 2007 Raúl Araki

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