Nativismo, nacionalismo étnico e indigenismo en el Perú durante el siglo XX

By Giovanni Bonfiglio
13 Nov 2007

En todo proceso migratorio que implica relaciones entre poblaciones con características culturales distintas se producen fricciones y a veces conflictos. Ha sido así en todas las experiencias históricas y el Perú no es una excepción.

Del fomento a la inmigración al nativismo a inicios del siglo XX

A mediados del siglo XIX, las élites criollas facilitaron la inmigración para impulsar el progreso del país y el poblamiento del territorio nacional. En esos años las élites peruanas veían en Europa el faro cultural y étnico hacia el cual orientarse. Cuando se dieron cuenta de que desde Europa no llegaban trabajadores para las haciendas ni para oficios manuales, sino trabajadores independientes que se convertían en pequeños empresarios y rápidamente ascendían en el entramado económico nacional, viraron sus miradas hacia el oriente: primero trajeron chinos culíes en condiciones de semiesclavitud y luego trabajadores japoneses que llegaron desde fines del siglo XIX.

A inicios del siglo XX una ola nativista cubrió toda América Latina, cuando se dejó de lado el período formativo de las repúblicas latinoamericanas y durante el cual los extranjeros eran acogidos como parte de las naciones en formación. Los principales intelectuales peruanos de esos años (la denominada generación del 900) elaboraron un proyecto nativista, en el sentido de encontrar en el Perú las bases del progreso, incorporar a la población andina a la sociedad criolla y no esperar la llegada de extranjeros para la promoción del progreso del país.

El nativismo se manifestó claramente en el hecho que, a fines del siglo XIX, se trunca el proceso de inmigración europea iniciado a mediados del siglo XX. Ese fue un fenómeno bastante atípico desde el punto de visto de las corrientes migratorias internacionales, pues en ese período se dio un verdadero boom migratorio europeo hacia las Américas. Sin embargo, al Perú llegaron más europeos a mediados del siglo XIX que a fines de ese siglo, en contracorriente a lo que sucedía en el resto de países. Es cierto, sin embargo, que en la base de este proceso hubo una situación de depresión económica como consecuencia de la derrota del Perú en la Guerra del Pacífico (1879-1882). No obstante, tampoco se dio una recuperación del flujo inmigratorio durante el período de recuperación económica de 1895 a 1910.

La llegada de la inmigración japonesa, desde 1899, se dio en un contexto de necesidad de mano de obra en el campo y fue promovido por hacendados más que por un proyecto de inmigración impulsado por la elite política, como sí ocurrió a mediados del siglo XIX. Por eso, se puede decir que la llegada de japoneses fue a contramano de una tendencia histórica que estaba empezando a darse y que era todavía bastante larvada.

Cabe aclarar que el nativismo de inicios del siglo XX no era un movimiento anti -extranjeros y xenófobo, sino en búsqueda de elementos locales para emprender el proceso de desarrollo. No alentó la inmigración pero tampoco la desalentó y la llegada de inmigrantes continuó, pero en pequeñas cantidades. La inmigración japonesa fue, en cierto modo, una excepción y un fenómeno aislado.

La corriente nativista que fue fomentada por la “generación del 900” tuvo una propuesta bastante orgánica en su intelectual más destacado: Víctor Andrés Belaúnde, para quien la búsqueda de la peruanidad se encontraría en una mezcla del elemento indígena con el español. Los inmigrantes que llegaron después de inaugurada la República no serían considerados parte de esa identidad en construcción.

Del nativismo al nacionalismo étnico en la década de 1930.

En la década de 1930 se produjeron profundos cambios en la sociedad peruana: se superó la etapa de estancamiento demográfico y se inició un proceso de migraciones internas y de urbanización de la población proveniente del interior del país. La crisis económica, producto del crac de 1930, puso de manifiesto la estrechez del mercado laboral y el desempleo fue un fantasma que rondaba cada vez con más insistencia en las ciudades.

Desde esa década, la propuesta nativista se transformó paulatinamente en nacionalismo étnico, en el sentido de considerar innecesaria la inmigración y, aun más, como competencia para la población local. Ello coincidió con el despertar del nacionalismo, que fue una ola que cubría en realidad todo el mundo occidental y en el cual, bien que mal, América Latina estaba integrada. A esto habría que añadir que el nacionalismo fue un movimiento que cobró fuerza en el contexto de enfrentamiento entre potencias mundiales.

No es casual que fueran gobiernos militares los que alentaron ese proceso, pues la oficialidad militar (sobre todo del Ejército) ha sido el canal de ascenso del elemento nativo en las esferas de poder. Primero fue el Coronel Sánchez Cerro, quien cortó los proyectos de inmigración elaborados por Leguía; años después, en 1936, el Mariscal Benavides dio una serie de decretos para limitar la inmigración y la presencia de inmigrantes. En 1948, apenas llegado al poder por un golpe de Estado, el General Odría abortó un proyecto de inmigración de europeos refugiados por la Segunda Guerra Mundial, el que había sido aprobado por el gobierno democrático de Bustamante y Rivero en 1945, en coordinación con la naciente Naciones Unidas. Finalmente, el General Velasco puede ser considerado como el epítome de este sentimiento nacionalista en lo étnico, pues en buena medida las expropiaciones económicas emprendidas en su régimen se orientaron contra extranjeros.

En algunos momentos incluso hubo algunas manifestaciones de xenofobia. El ejemplo más claro fue la emisión de leyes restrictivas contra la presencia de extranjeros en la década de 1930. La actitud xenófoba fue más fuerte hacia los japoneses, cuando éstos habían dejado el empleo rural para el que fueron contratados inicialmente y se habían urbanizado, ascendiendo en la escala económica de las ciudades y cuando, al mismo tiempo, estaban todavía en vías de asimilación cultural. Ello fue agudizado con el estallido de la Segunda Guerra Mundial: muchos japoneses fueron deportados y sus comercios atacados por turbas. También hubo persecución contra alemanes y algunos de ellos fueron expulsados. Contra los italianos, en cambio, no hubo una actitud de abierto rechazo, en la medida en que estos estaban ya bastante asimilados a la cultura criolla y tenían fuertes vínculos económicos con las élites empresariales peruanas. A los italianos, mas bien, se les obligó a nacionalizarse para poder tener cuentas bancarias y conservar la propiedad de sus empresas.

Aún es poco lo que se conoce de ese proceso debido a que, luego de la derrota de sus países en la Segunda Guerra Mundial, esas colectividades de inmigrantes entraron en una actitud de “no mirar el pasado” y casi de ocultarlo porque en el fondo se quería esconder una herida. Por este motivo, el estudio de esos procesos no ha sido promovido por esas colectividades, las cuales no vieron con buenos ojos a los investigadores que pretendieron hurgar en el pasado reciente de sus colonias. A eso se debe que los pocos descendientes de inmigrantes que estudiaron tales procesos fueran, mas bien, outsiders de sus respectivas colonias y tratados con desconfianza por ellas. Y es que, frente al nacionalismo étnico, los inmigrantes desarrollaron espontáneamente una tendencia al “perfil bajo” para no atraer las miradas hacia ellos e incluso trataron de ocultar su ascenso económico.

Desde tiempo atrás, por otro lado, en cada coyuntura de crisis los sectores populares asaltaban negocios de inmigrantes. Esto era común en Lima y en otras ciudades del país durante el siglo XIX y se dio de un modo bastante claro contra los chinos durante la ocupación chilena. Pero, esos brotes de xenofobia no eran alentados desde lo alto, sino que fue expresión de turbas urbanas en situaciones de descontento. Tales brotes xenófobos, sin embargo, fueron un elemento persistente en la vida nacional.

Del nacionalismo étnico al indigenismo y a la actitud asimilacionista

Paralelamente al crecimiento demográfico y las migraciones internas, surgió con fuerza la corriente indigenista que ponía énfasis en la importancia demográfica y cultural de la población indígena, en contraposición a las concepciones que destacaban el carácter plural de la sociedad peruana. Esa corriente puso de relieve el pasado indígena, en gran parte mitificándolo y planteándolo en términos de “utopía arcaica”: un mundo supuestamente armonioso en contraposición con la modernización económica y social del presente.

Vargas Llosa1 en su libro “La utopía arcaica. José María Arguedas y las ficciones del indigenismo” proporciona una excelente explicación de este fenómeno. Allí sostiene claramente que la “utopía arcaica” es un mito y que contiene elementos de intolerancia étnica, pues ella considera que la peruanidad está compuesta sólo por el elemento andino, en polémica con los intelectuales de la generación del 900 que planteaban la dualidad hispánica y andina.

La sumatoria progresiva del nativismo imperante, del nacionalismo étnico y del indigenismo cultural y artístico generó la actitud de asimilar a los inmigrantes a la cultura nacional. Como consecuencia, entre los inmigrantes (e incluso entre sus descendientes de segunda generación) ha habido una tendencia a vivir escondidamente su etnicidad o de no ponerla de manifiesto, puesto que la presencia de inmigrantes era tolerada en la medida en que ellos se asimilaran e integraran a la cultura criolla.

Un hijo de inmigrante era aceptado si se mostraba aculturado e integrado a la cultura criolla o al bloque social emergente. Por ejemplo, las resistencias iniciales frente al candidato Fujimori fueron vencidas sólo en la medida en que se presentó como parte del bloque social y étnico emergente: él mismo se presentaba como “un chinito y unos cholitos” que llegaron a arrasar en 1990, recogiendo el aluvión de votos proveniente de ese bloque social étnicamente emergente, fuertemente impregnado por la ideología nacionalista en lo étnico. No es casual que Fujimori se definiera como “chinito”, siendo él miembro de la colectividad japonesa, y es que, en la cultura popular peruana, el término “chino” alude a origen popular y a ser parte del sector social emergente, lo más cercano a “cholito”.

Como consecuencia de la actitud asimilacionista, los inmigrantes no se consideraban parte de la ciudadanía peruana e incluso sus descendientes sentían que el campo de la política les estaba vedado. Esa es la razón que explicaría por qué los descendientes de japoneses se alarmaron cuando Fujimori compitió y ganó las elecciones presidenciales en 1990, justamente porque temían el despertar del sentimiento anti- japonés y que reaparecieran los fantasmas de la década de 1930.

Como conclusión, puede decirse que a lo largo del siglo XX ha habido en el Perú una revolución étnica, con una especie de movimiento pendular, pasando de la “xenofilia” (pro- europea), predominante en el siglo XIX, a una “xenofobia” (nativista e indigenista), predominante en el siglo XX. Quizás esto es típico del comportamiento pendular que se observa en diversas dimensiones de la historia peruana, baste recordar el conocido péndulo político entre dictadura y democracia.

En el presente, todo indica que estamos encaminados a superar los movimientos pendulares en el Perú. Así como es posible afirmar que la democracia se ha consolidado, cabe albergar optimismo con relación al futuro de las relaciones interétnicas y esperar que las intolerancias étnicas del pasado se superen, tanto la intolerancia anti -indígena que predominó hasta inicios del siglo XX como la intolerancia anti- extranjeros que se dio a lo largo del siglo XX.

Y, finalmente, existe una razón muy poderosa para abogar por una mayor tolerancia étnica en el Perú: las diferencias étnicas no desaparecerán; mas bien, como producto de la globalización de las comunicaciones y del despertar de las etnicidades en todo el mundo, el Perú seguirá siendo pluriétnico. Se requieren, sin embargo, propuestas para que las relaciones sean vividas en un marco de tolerancia y de mutua aceptación en ese contexto de pluralismo tolerante.

NOTAS:
1. Vargas Llosa, Mario. 1996. La utopía arcaica. José María Arguedas y las ficciones del indigenismo. Fondo de Cultura Económica.


* Este artículo se publica bajo el Convenio Fundación San Marcos para el Desarrollo de la Ciencia y la Cultura de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos – Japanese American National Museum, Proyecto Discover Nikkei.

 

© 2007 Giovanni Bonfiglio

 

Giovanni Bonfiglio

Giovanni Bonfiglio es sociólogo e investigador, especialista en inmigración europea e italiana en el Perú y autor de los libros: Los italianos en la sociedad peruana. Una visión histórica. Lima, 1993; La presencia europea en el Perú. Fondo Editorial del Congreso. Lima, 2001; El baúl de la memoria (en coedición con Federico Croci). Fondo Editorial del Congreso. Lima, 2002; Antonio Raimondi, el mensaje vigente. Universidad de Lima, 2004; El Perú no es un mendigo, ni está sentado en un banco de oro. Ministerio de Educación, Promolibro. Lima, 2006.

Última actualización en diciembre de 2009

 

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